domingo, 3 de noviembre de 2013

Anécdotas. Alejandro Dumas, padre e hijo



Alejandro Dumas, padre

   Alexandre Dumas (Villers-Cotterêts, 1802 - Puys, cerca de Dieppe, 1870), conocido en los países
hispanohablantes como Alejandro Dumas, fue un novelista y dramaturgo francés. Su hijo, Alexandre Dumas fue también un escritor conocido.


Anécdotario

Ascendencia                                                           

  Nació el 24 de julio de 1802 en Villers-Cotterêts. Hijo del general francés Thomas Alexandre Davy de la Pailleterie, mejor conocido como Thomas-Alexandre Dumas, y de Marie-Louise Elisabeth Labouret. Su padre era un hombre robusto descendiente de esclavos haitianos, diestro en el uso de la espada y del que se cuentan numerosas proezas, todas ellas relacionadas con su capacidad y poder físico.

   Apasionado cazador, el padre de Dumas murió cuando él aún no tenía cuatro años de edad. Dada la exigua pensión de que disponía su madre, Dumas recibió una escasa educación escolar.



Los tres mosqueteros.
   Con ocasión de una fiesta en uno de los salones literarios de París, a Dumas le fue presentado un hombre tan escaso de entendederas como de educación. Delante de los presentes, este hombre interrogó a Dumas:

- Tengo cierta curiosidad, señor Dumas... ¿es cierto que es usted cuarterón? (hijo de español y mestiza, o española y mestizo).

- En efecto, lo soy- contestó Dumas, quien nunca trató de ocultar sus orígenes.

- ¿Y su señor padre?

- Pues, era mulato- respondió el escritor, algo molesto por la impertinencia, pero también bastante divertido por la falta de tacto de su interlocutor.

- ¿Y su abuelo, señor Dumas?

- Era un negro. De eso no cabe la menor duda

- ¡Ah...! Y, ¿podría saber qué era su bisabuelo?

- ¡Un mono, señor mío, un mono! Porque mi linaje comienza donde termina el de usted.




Cabeza de chorlito                                                                              



   Alejandro Dumas (padre), tras publicar el libro titulado “El vacío doloroso”, fue visitado por un amigo que le dijo:

- Es un título sin sentido. El vacío no puede ser doloroso


-¿Que no? ¡Cómo se ve que nunca os ha dolido la cabeza, amigo mío!




"Almuerzos masivos"                                                        

   Se cuenta que Dumas era una persona muy generosa, hasta el punto de que su casa siempre estaba abierta a todo aquel que quisiera acercarse; el almuerzo empezaba a las 11 de la mañana y acababa alrededor de las 4 de la tarde... y casi siempre era un almuerzo muy concurrido.

En cierta ocasión, uno de sus amigos le visitaba durante uno de estos almuerzos "masivos", y se le ocurrió pedirle a Dumas que le presentara a un caballero que estaba comiendo al lado. Dumas se quedó mirando a dicho caballero, después miró a su amigo y le respondió:


- ¿Cómo voy a presentártelo, si no le conozco?




Un estanque "peligroso"                                                              

   En cierta ocasión en que fue invitado a una pequeña finca de los alrededores de París, la propietaria le comentó, con falsa modestia:

- El estanque es muy pequeño pero en él se ahogó el pasado año un amigo mío.


- Pues sería un adulador- replicó impasible Dumas.



Envejecer bien                                                                              

    Sus conocidos decían de Alejandro Dumas que era muy vanidoso y cuidaba mucho su físico y aspecto externo.

-¿Cómo logra envejecer tan bien? – le pregunto, en cierta ocasión, una admiradora.


- Por que dedico a ese menester todo mi tiempo, señorita – respondió irónica y sinceramente Alejandro Dumas.



Sucedió una (gélida) noche                                                                          



   Se casó con la actriz Ida Ferrer en 1840. Aquella boda no fue por amor sino por la dote que aportaba Ida y con la que podría saldar las múltiples deudas que el escritor tenía.

   Vívían en la misma casa pero separados, Ida en la planta baja y Dumas en el primer piso. Una noche muy fría de invierno, volviendo tarde a su casa, Dumas pensó que tal vez en el apartamento de Ida habría fuego en la chimenea y llamó. La esposa le abrió en camisón porque ya se había ido a la cama, pero el fuego de la chimenea seguía encendido y Dumas se sentó. Las prisas de su mujer, para que se fuera, hicieron sospechar que algo pasaba. Echó un vistazo por la estancia y encontró en el balcón a su amigo Roger de Beauvoir, que temblaba de frío. Lejos de montar una escena, Dumas le dijo a su amigo:

   -Oye, Roger, has turbado la paz de mi familia. Quiero perdonarte. Seamos magnánimos como lo eran los antiguos romanos, que cuando querían hacer las paces se reconciliaban en la plaza pública.

   Y cogiéndole la mano la colocó entre las piernas de su mujer añadiendo:


   -Ésta será nuestra plaza pública.




Un escritor hambriento                                                               



Julio Verne.
   Aquella noche de 1848 el joven Julio llevaba puesto su único traje, aquel que cuidadosamente se turnaba con su amigo Eduoard Bonamy para frecuentar alguna que otra tertulia de ambiente literario e intelectual de Parí­s.

   Trataba que su vestimenta no delatara frente a los tertulianos su origen provinciano nantesino, y menos aún su apretada situación económica.


   Muchos dí­as solo se alimentaba de pan y leche, y es que la escasa asignación que recibí­a de su padre la utilizaba para pagar el alquiler de una modesta habitación en el barrio latino (habitación que también compartí­a con su amigo Bonamy) y, sobre todo, para comprar libros y más libros, indispensables para quien, como Julio, pretendí­a ser un gran dramaturgo.


   Se hací­a tarde, y mientras bajaba las escaleras de la casa de Madame Barreré (un conocido y bohemio salón de tertulias), recordaba distraí­do las conversaciones literarias que acababa de mantener y que tanto le apasionaban. En ese momento, Julio tropieza con un orondo caballero que subí­a apresuradamente y resoplando por las escaleras.

   Julio no se disculpa. Le mira con altanerí­a y dice:

   -Seguro que usted ha cenado muy bien esta noche.

   -Perfectamente joven, nada menos que una tortilla de tocino a la nantesina y …- responde el desconocido.

   -Las tortillas a la nantesina de Parí­s no valen nada. Hay que echarles azafrán, ¿entiende? -interrumpe Julio.

   -¿Así­ que sabe usted hacer tortillas, joven? -pregunta el caballero.

   -¿Que si sé hacer tortillas, señor?, sobre todo me las sé comer – espeta nuestro joven amigo.

   -¡Es usted un insolente! Y le exijo una satisfacción. Aquí­ tiene mi tarjeta… Vendrá el viernes a mi casa… a cocinar usted mismo una tortilla.

   Al dí­a siguiente Julio cuenta el curioso incidente a su amigo Aristide Hignard, momento en el que saca la tarjeta, la lee y grita estupefacto: “¡Alexandre Dumas!”

   Sí­, aquel orondo y voluminoso caballero de las escaleras era nada más y nada menos que Alejandro Dumas, el gran escritor y autor de novelas de gran éxito como “Los tres Mosqueteros” o “El Conde de Montecristo”


   Julio Verne, acudió al singular “duelo” y cocinó la tortilla.


   Desde aquel momento ambos mantuvieron una gran amistad y Dumas se convirtió, hasta su muerte en 1870, en consejero literario y protector de Verne, ayudándole incluso a estrenar en Parí­s alguna que otra obra teatral, aunque con escaso éxito.

   Pero lo que el gran Alejandro Dumas no pudo siquiera sospechar en aquel momento es que, con el paso del tiempo, Julio Verne, su protegido provinciano de Nantes, llegarí­a a superarle mundialmente tanto en popularidad como en número de tiradas y ediciones.

   En 1885, quince años después de la muerte de Dumas, Verne le dedicará su novela “Matí­as Sandorf”, su propia versión de “El Conde de Montecristo”.




Alejandro Dumas, hijo

   Alexandre Dumas (hijo) (27 de julio de 1824 - 27 de noviembre de 1895) fue un escritor y novelista
francés, quien siguió los pasos de su padre Alexandre Dumas.

    Hijo natural de Alexandre Dumas y Marie-Catherine Labay, costurera, fue, como su padre, un autor mundialmente reconocido. En 1831, su padre lo reconoció legalmente y le procuró la mejor educación posible en la institución Goubaux y la academia Bourbon. Las leyes, por aquella época, le permitieron a Dumas padre separar al hijo de su madre y la agonía de ésta inspiró a Dumas hijo en sus escritos sobre caracteres femeninos y trágicos. En casi toda su obra enfatizó el propósito moral de la literatura y, en su novela El hijo natural (1858), expuso la teoría de que aquél que trae un hijo ilegítimo al mundo, tiene la obligación moral de legitimarlo y casarse con la mujer.



Padre e hijo, anécdotas comunes


Una legitimación inusual                                                      


   Un día Dumas padre sor­prendió a su hijo leyendo, absorto, el Emilio de Rous­seau y le preguntó si
aquel libro le interesaba de verdad.
—Sí, mucho.
—Y ¿cuáles son tus impresiones?
—Creo que Emilio obra bien. Cuando el padre niega el propio nombre es necesario apoderarse de él.
   Dumas padre exclamó con entusiasmo:
—¡Magnífico; si quieres llevar el nombre de tu padre tómalo!

   Recordemos que Alejandro era hijo natural, de esta curiosa manera lo legitimó su padre.



Un autor dudoso                                                                   

   Alejandro Dumas (padre) sembró un mar de dudas a su alrededor sobre la verdadera autoría de muchas de sus novelas. Muchos fueron los que dijeron que se nutría del trabajo de otros en el taller de literatura que había creado.

   En cierta ocasión se encontró por una calle de París con su hijo, con el que no tenía una muy buena relación y le preguntó a éste:

   -¿Qué? ¿Has leído ya mi última novela?

 -Sí, la he leído. ¿Y tú? ¿La has leído ya?- respondió Alejandro Dumas (hijo).


   Alejandro Dumas fue un escritor tan prolífico que parece imposible que tuviese tiempo material para escribirlas todas. En algunas de sus obras establecía las líneas argumentales, perfilaba situaciones, esbozaba tramas y desenlaces y sus “negros” escribían y rellenaban la obra, que a veces ni supervisaba.
   En relación a este tema también se cuenta que cierta ocasión hablando sobre el tema, el hijo le reprochó al padre el que usase tal cantidad de “colaboradores”, a lo que Alejandro Dumas respondió, inteligentemente:
   - Ya ves hijo, yo hago todas mis grandes obras en colaboración, por ejemplo tú.


   De Dumas (padre) se cuentan muchas anécdotas de este tipo. Hay una que circula como cierta desde hace años:

   Se encontraba el escritor muy contrariado (algunas fuentes lo señalan como “deprimido”) por el fallecimiento de uno de sus negros. Pasados unos días del fallecimiento, recibe la visita de un caballero que le conforta diciéndole que no se preocupe, pues la novela que estaba escribiendo continúa su curso, ya que él era el negro de su negro.


Anécdotas de Alejandro Dumas, hijo

El diamante extraviado                                                                        

   Había heredado de su padre su generosidad y su ga­lantería. Así, una vez un día una actriz bellísima y ho­nesta, y por ello pobre, al representar una obra de Du­mas perdió un pequeño diamante y desapareció en una grieta del escenario. La muchacha se puso a llorar y Du­mas le preguntó qué había sucedido. Ella, entre sollo­zos, le explicó su desgracia.

   —¿Quiere apostar que lo encuentro?

   Se hizo prestar una linterna y un buen rato después apareció triunfante.

   —He aquí su diamante; ya le había dicho que lo en­contraría.


   Cuando examinó el diamante la muchacha com­probó que era mayor que el que había perdido, y es que Dumas no había hecho más que atravesar la calle y comprar un diamante en la primera joyería que encon­tró; sabía apreciar la honestidad donde quiera que rara­mente la encontrara.




El periodista desagradecido                                                        

   Un periodista conocido de Dumas le pidió diez lui­ses en préstamo y poco después le dijo la célebre frase latina: «Bis repetita placen» (Las cosas repetidas gus­tan), y Dumas le prestó otra vez diez luises. Poco des­pués estrenaba una nueva comedia y todos los cronistas la alabaron, menos el periodista en cuestión, que la cri­ticó diciendo que la única escena buena estaba co­piada. Al día siguiente, al encontrarse con Dumas, le tendió la mano para saludarle pero éste le respondió:


   —No le doy la mano hoy porque no tiene nada dentro.



En el ardor de la pasión                                                                        


   La actriz Rachel en un momento de pasión le pidió que se casase con ella y respondió:
   —No me caso con mis amantes, y ¿quiere usted que me case con la amante de otros?



La dama de las camelias                                                                      

   Su obra más conocida es sin duda La dama de las camelias.
   Cuando se publicó la novela La dama de las camelias causó gran escándalo y se solicitó su prohibición; por ello, cuando se anunció que su argu­mento pasaba al teatro, fue rechazada por los directo­res de muchas salas.

   Finalmente el teatro Vaudeville la aceptó y el papel de Margarita fue confiado a la actriz Fargueil, que no estaba muy contenta con él.

   —Querido Dumas —le dijo un día al autor-, es nece­sario que me aclare mucho mi papel porque, como comprenderá, todo sucede en un ambiente que no co­nozco.

   A lo que Dumas respondió:

   —Querida amiga, si no lo conoce a su edad no lo co­nocerá nunca.

Sabido es que el drama se ambienta en los salones de la alta prostitución parisina.


Ofendida la Fargueil, rechazó el papel, que fue con­fiado a la Marie Charlotte Eugénie Doche y que, como hemos dicho, fue un triunfo.



La elección de la actriz idónea                                                               


   Un amigo pidió a Dumas por qué había confiado el papel de Margarita Gautier a la señorita Doche, que resultó ser una excelente actriz sólo en este papel. Dumas respondió:


   —Tengo la costumbre, cuando distribuyo los papeles de mis comedias, de confiarlos a los intérpretes cuya vida privada se acerca más a la de mis personajes.



Una duda de vestuario                                                                      


   La víspera de la representación de La dama de las camelias la señorita Doche ostentando un pudor en el que Dumas no creía demasiado le preguntó:

   —Querido Dumas, ¿qué vestido he de ponerme para representar a una prostituta?


   —No se preocupe. Uno de los que acostumbra a llevar a diario le servirá.



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