miércoles, 6 de abril de 2011

ANECDOTARIO, y III

CARLOS FISAS


   Nuevas anécdotas recopiladas por Carlos Fisas, esta vez extraídas de su libro Intimidades de la Historia, publicado en 1995 por la editorial Planeta. Espero que ni Planeta ni sus herederos se enfaden conmigo por publicitar estas pequeñas partes de su obra. Trasladándonos al cine, podríamos considerar estas pequeñas extracciones, como el trailer de la película. Desde aquí les comunico que he comprobado que suscitan interés y no sería mala idea reeditarlas.


FRANCIS DE CROISSET



Francis de Croisset,
comediógrafo.

  Un joven amigo de Francis de Croisset estaba a punto de casarse y el escritor le dijo:
  -No sé si tu mujer es hermosa o fea, pero escucha bien. Si es hermosa no se lo digas pues es inútil, ya que lo sabe antes que tú. Dile en cambio: "Eres muy inteligente." Y ella lo creerá porque lo espera. Si, en cambio, es fea entonces debes decirle frecuentemente: "Oh, qué hermosa eres," y ella pensará: "Me he casado con un alma de artista."
  Una señora le dijo a Francis de Croisset:
  -Lo que amo sobre todo es la sinceridad.

  A lo que el escritor respondió:
  -Eso debería decirlo sin maquillaje.

CUJAS Y ANDRE DACIER

El gran jurisconsulto Cujas tenía una hija preciosa, a la que gustaban mucho los hombres, y los alumnos de su padre se dedicaban a cortejarla diciendo:
  -Vamos a consultar las obras de Cujas.

  Andrés Dacier fue un gran filólogo francés que editó los clásicos griegos y romanos expurgándolos de los pasajes que juzgaba no aptos para la educación del delfín de Francia, y por eso llamadas ad usum Delphini, nombre que conservan todavía en bibliografía las obras expurgadas. Le preguntaron un día si prefería Homero o Virgilio, y respondió:
  -Homero es más hermoso al menos de mil años.

  


REYES Y EMPERADORES



El emperador Enrique V de Alemania declaró la guerra al rey de Polonia, y queriendo asustarle le mandó embajadores para decirle que si no cedía por las buenas enviaría contra él tantos soldados que no cabrían todos juntos en Polonia. El rey Venceslao respondió simplemente:

  -Mandad los soldados que queráis, encontraremos tierra para enterrarlos a todos.

Enrique VIII de Inglaterra.
  Enrique VIII de Inglaterra, que hizo decapitar a dos de sus esposas, después de la ejecución de Ana Bolena pidió la mano de la duquesa Cristina de Milán, sobrina del emperador Carlos V, que por aquel entonces había quedado viuda. A la duquesa no le agradaba afrontar una unión tan peligrosa, y en respuesta al enviado del rey dijo que solamente poseía una cabeza y le era absolutamente necesaria.


Enrique III de Francia.


Un día que el rey Enrique III de Francia pasaba por la calle de Saint Honoré hacia la Croix du Trahoir donde se ejecutaba a los condenados a muerte, uno de éstos, a quien el verdugo se disponía a ahorcar, al ver al rey empezó a gritar:
  -Perdón, Señor, tened piedad de mí, perdón.
  Enrique III se informó de lo que había hecho aquel desgraciado y viendo que no merecía compasión dijo, antes de proseguir su camino:
  -Esperad que haya rezado sus oraciones. No lo ejecutéis hasta que haya pronunciado su in manus.
  Al oír esto el condenado juró que no diría nunca esa oración, y se obstinó tanto que el verdugo y sus ayudantes no sabían qué hacer.
  -No, es demasiado dificil. No puedo pronunciar esas palabras.
  -Te las diremos nosotros, miserable, no tienes más que repetirlas.
  -Imposible, no sé pronunciarlas, son demasiado difíciles.
  Fue preciso recurrir al rey, el cual se echó a reír, divertido por la astucia.

  -No imaginaba que con aquel pícaro se tuviesen que medir las palabras. Me ha cogido en la trampa y es necesario tener paciencia. Palabra de rey no puede retirarse. Mantengo lo que he dicho y le concedo el perdón, esta vez sin condiciones.

FERRAVILLA, BERSTEIN, FORAIN Y DEGAS

Forain, pintor francés.
  Quizá el mejor elogio que puede recibir un actor teatral se resume en las palabras que una mujer del pueblo dirigió al actor italiano Ferravilla, cuando le encontró por la calle mientras se dirigía al teatro y le preguntó:
  -Dígame la verdad, ¿nos hará reír?
  -Sí, sí, esté segura.
  -Ay, gracias, si supiese... Este año hemos tenido tantas desgracias en la familia.

  El famoso autor teatral francés Bernstein era judío, y discutiendo un día con el gran dibujante también francés Forain, sobre semitismo y antisemitismo, exclamó:
  -Al fin y al cabo vuestro Jesucristo era hebreo.
  Y Forain respondió con calma:
  -Sí, por humildad.
  Cuando el pintor Degas se abonó al teléfono, Forain, que era enemigo de esta novedad, hablando de su amigo decía con desprecio:
  -Figuraos que ahora le llaman con una campanilla y él va como si fuese un criado.

Alessandro Fortis.
  Una anécdota italiana del siglo pasado que hoy, cuando escribo -octubre de 1995-, tiene actualidad en nuestro país. Un individuo perteneciente a una sociedad provinciana fue encargado de pedir al presidente del Consejo de Ministros, que era entonces Alessandro Fortis, una ayuda económica para que la sociedad subsistiera.
  -¿Y de dónde quiere usted que saque el dinero para este subsidio?
  -De los fondos secretos -sugirió el otro.
  -Bueno, se lo diré -respondió el ministro-, son tan secretos que ni siquiera yo he llegado a saber dónde se encuentran.

ANATOLE FRANCE

Anatole France.

   Un día san Francisco de Sales había conversado largamente con una señora de la corte y un amigo le preguntó si la señora era hermosa.
  -¿Hermosa? -respondió el santo prelado-. No lo sé.
  -¿Cómo es posible? ¿No la habéis visto?
  -La he visto, pero no la he mirado.

  Anatole France decía de su amiga la señora De Caillavet:
  -En todos los reinos de la naturaleza el cuerpo más pesado es el de la mujer que ya no se ama.


CARLOS I DE INGLATERRA Y CROMWELL

  Carlos I de Inglaterra, perseguido por las tropas de Cromwell, se refugió en Escocia, pero los escoceses le vendieron al enemigo por dos millones. Cuando lo supo el rey prisionero, exclamó:
  -Es mejor estar con los que me han comprado que con aquellos que me han vendido.





LA MUERTE DE FELIPE III



  Legendaria historia de la muerte de Felipe III

  Un cortesano de la corte de Carlos II narra lo que sigue:
  "El Rey murió víctima de las etiquetas extremadas de nuestra Corte. Figuraos que Don Felipe III despachaba su correspondencia, y como hacía bastante frío, le pusieron un brasero a corta distancia, de manera que todo el calor le daba en el rostro, por lo cual sudaba copiosamente, como si le hubieran echado agua sobre la cabeza. La dulzura de su carácter no le permitió quejarse de aquella incomodidad, de la que no habló siquiera, porque nunca le parecía mal ordenada ninguna cosa; pero, advertido el marqués de Tovar de la molestia que tan intenso calor causaba al Rey, se lo comunicó al duque de Alba, gentilhombre de cámara, para que mandase retirar el brasero; el duque de Alba dijo que aquel cuidado no le correspondía, por depender de otro destino, y añadió que era necesario hacérselo presente al duque de Uceda. El marqués de Tovar, inquieto al ver sufrir al Rey, tampoco se atrevió a favorecerle, temeroso de que se lo reprocharan por el ejercicio de un cargo que no era el suyo,
y, sin tocar el brasero, mandó que avisasen al duque de Uceda, quien, desgraciadamente, no estaba en Madrid, porque había ido a ver las obras de una magnífica residencia que tenía en construcción a poca distancia de la villa. Recibido este recado, el marqués propuso nuevamente al duque de Alba que apartase el brasero, pero hallóle inflexible: creía conveniente, antes de resolver nada, enviar un recado al duque de Uceda; y cuando éste llegó apresuradísimo, el Rey, a fuerza de sudar, estaba casi extenuado. Aquella noche tuvo fiebre alta y se presentó una erisipela que, agravándose por momentos, ocasionó la muerte del Rey."
  ¿Verdad? ¿Mentira? Lo más probable es que se trate simplemente de una exageración.

EL CONDE DE VILLAMEDIANA, EL DUQUE DE ALBURQUERQUE
Y LOS AMORES REALES


Conde de Villamediana.

  Cuando a la condesa D'Aulnoy le hablan del conde de Villamediana dice a su interlocutora, la condesa de Lemos:
  "-Este nombre, señora, no me puede ser desconocido, y oí referir que una vez, al dar el conde una moneda de oro en la iglesia de Nuestra Señora de Atocha a un fraile que pedía para las almas, éste le dijo:
  "¡Ah!, señor, habréis sacado un alma del Purgatorio."" El conde puso entonces otra moneda en el plato. "Ya librasteis a otra infeliz alma de sus penas", dijo el reverendo, y así sucesivamente depositó el conde, una tras otra, seis monedas de oro en el plato, mientras a cada una el fraile decía: "¡Otra infeliz alma sale del purgatorio!" "¿Me lo aseguráis?", dijo el conde. "¡Oh!, señor -le respondió sin vacilar el fraile-. Puedo aseguraros que ya están seis almas en el cielo." "Pues devolvedme las monedas -añadió el de Villamediana-, que de nada pueden ya servir, porque si las almas entraron en el cielo es muy seguro que no volverán al purgatorio."
La Reina Isabel
  "-El suceso aconteció como acabáis de referirlo -dijo la condesa-; pero mi pariente no retiró su dinero, pues tal acción entre nosotros no es concebible. La devoción que consagramos a las almas del Purgatorio nos parece la más recomendable, y en ocasiones se toma tan a pecho que recuerdo a un hombre de noble alcurnia quien, a pesar de hallarse bastante atrasado de intereses, ordenó al morir que se le dijeran 15.000 misas. Su postrera voluntad fue realizada, y se pagó aquel sufragio con el dinero que honradamente correspondía a los desdichados acreedores; pues por muy legítimas que sean las deudas, no se cuenta con ellas hasta que las misas indicadas en el testamento están satisfechas; y esto ha dado lugar a la conocida frase:
  "Fulano dejó a su ánima por heredera."
  "Felipe IV ordenó que se le dijeran 100.000 misas, y quiso que si no le fuesen todas necesarias, pudieran aplicarse por sus padres, y si éstos gozaran ya de la gloria celestial, por las almas de los muertos en las guerras de España.
  "Pero lo ya referido del conde de Villamediana me recuerda que, hallándose otro día en la iglesia con la Reina Isabel, vio sobre un altar mucho dinero ofrecido a las almas del purgatorio; acercóse, y dijo al tomarlo: "Mi amor será eterno; mis penas también serán eternas; las de las almas del purgatorio tienen fin y las mías no acabarán; a ellas las alienta una esperanza y a mí no hay esperanza que me aliente; por lo tanto, limosnas como estas que se les destinan, mejor ganadas las tengo yo." Y puede suponerse que volvió a dejar el dinero que le había dado fácil ocasión para referirse a sus desventurados amores en presencia de la hermosa Reina. Tan enamorado estaba de ella el conde, que si no mediara su virtud austera para garantizarla contra los méritos del pretendiente, sin duda le hubiera correspondido. El de Villamediana era joven, hermoso, valiente, arrogante, galanteador y genial; nadie ignora que, por desdicha suya, en un torneo se atrevió a presentarse vestido con un
Felipe IV.
traje bordado con reales de plata y esta divisa: "Mis amores son reales", con lo que aludía desenfadadamente a la pasión que le inspiraba la Reina.
  "El conde-duque de Olivares, favorito del Rey y encubierto enemigo de la Reina y del conde, hizo notar a su señor la temeridad del caballero, que se atrevía en su presencia, y públicamente, a declarar su pasión desatinada, y desde aquel momento aconsejó al Rey la venganza. Tratóse de aprovechar una oportunidad para no infundir sospechas, pero nuevas declaraciones apresuraron los acontecimientos. Como el de Villamediana dedicaba todo su ingenio y sus aptitudes a complacer y agradar a la Reina, compuso una comedia, que todos alabaron, pero especialmente a Doña Isabel parecióle tan hermosa, y descubría en sus versos tal sentimentalismo y tanta delicadeza, que se propuso representarla para celebrar el aniversario del Rey. El enamorado conde dirigía la fiesta y mandó hacer los trajes y construir maquinaria, que le costaron 30.000 escudos. Había hecho pintar una gran nube, y cuando la Reina estaba debajo de la tela, escondida en una máquina, no lejos de allí, el conde hizo una
El conde-duque de Olivares.
señal, bien entendida por aquel a quien se dirigía, y la nube ardió, corriéndose pronto el fuego a toda la casa, que valía 100.000 escudos. Pero al conde no le importaban las pérdidas una vez conseguido su objetivo: salvar a la Reina en sus brazos, conducirla por una escalera interior y obtener algunos favores. Un paje lo vio y lo refirió al conde-duque, que no dudaba de lo que sucedería desde que se produjo el incendio; y atenido a muy arteras pesquisas, pudo presentar al Rey pruebas indudables, las cuales de tal modo enfurecieron su cólera que, según dicen, mandó asesinar a Villamediana de un pistoletazo una tarde, cuando iba en su carroza con don Luis de Haro. Puede asegurarse que ha sido el conde de Villamediana el caballero de más gallarda figura y de más briosa inteligencia de la Corte; su memoria es todavía reverenciada por los amantes desventurados.
  "-¡Muy lamentable fue su muerte -dije-; pero no creía yo que un mandato del Rey la causara, y siempre oí decir que tuvo parte la familia de doña Francisca de Tavara, portuguesa muy amada por el conde y dama de Palacio.
  "-No -prosiguió la condesa de Lemos-, no dudéis que se produjo aquella desgracia como acabo de referiros, y, pues os hablo de Felipe IV, me parece oportuno añadir que una de las mujeres a quien el Rey amó con más apasionamiento fue la duquesa de Alburquerque. La tenía su marido muy bien guardada, pero las dificultades aumentaban la afición del Rey en lugar de , vencerla, y de día en día eran sus deseos más ardientes. En una ocasión, mientras jugaba, y en lo más interesante de la partida,
fingió acordarse de un asunto urgentísimo que sin demora debía despachar, y encargó al duque de Alburquerque que le reemplazase mientras él se ausentaba. Salió precipitado, tomó una capa y, por una escalera secreta, fuese a ver a la joven duquesa, acompañado por el conde-duque de Olivares. El duque de Alburquerque, más cuidadoso de sus propios intereses que deljuego del Rey, vio en aquello motivo para sospechar y temer una sorpresa, por lo cual se fingió acometido por dolores horribles, entregó a otro las cartas que tenía en la mano y se retiró a su casa. Acababa el Rey de llegar sin acompañamiento; cuando aún estaba en el patio, vio que se acercaba el duque y se ocultó, pero no hay ojos más penetrantes que los de un marido celoso. Este imaginó hacia qué parte andaba el Rey, y sin pedir luces, para no verse obligado a reconocerle, llegóse con el bastón levantado, a la vez que gritaba: "¡Ladrón! Vienes a robar mis carrozas." Y sin más explicaciones le sacudió lindamente. El
conde-duque no se libró tampoco de sufrir tan vil trato, y temeroso de que tomara peor giro el suceso, repetía que allí estaba el Rey, para refrenar al duque su furia; pero el duque redoblaba los golpes en las costillas del Rey y del ministro, y a la vez repetía que ya era el colmo de la insolencia emplear el nombre del Rey y su favorito en tal ocasión, y que ganas le daban de llevarlos a palacio para que Su Majestad el Rey los mandara inmediatamente ahorcar. Al fin de tanto alboroto pudo huir el Rey, furioso por haber sufrido tan inesperada paliza, sin recibir de la dama el más insignificante favor. Todo ello, con ser tan grave, no hizo caer en desgracia al duque de Alburquerque; muy al contrario, sirvió para que desistiera el Rey de sus propósitos, y olvidado ya de sus pretensiones amorosas hiciera del duro lance motivo de risa."


     En realidad el conde de Villamediana murió de resultas de un disparo de
ballesta.


CHAMBERLEIN, CHAMFORT, ARISTIDE BRIAND,
CHATEAUBRIAND Y LA MARQUESA DE CHÂTELET

Una marquesa, convencida feminista, decía en su salón:
  -Día llegará en que los países serán gobernados por las mujeres.
  En aquel momento entraba José Chamberlain, el célebre político inglés, que se inclinó para besar la mano de la marquesa y replicó:
  -Lo que no será nada nuevo.

Nicolas Chamfort.

Se hablaba del público en presencia de Nicolás Sebastián Roch, llamado Chamfort, un literato francés nacido en 1741 y muerto en 1794, que señaló:
  -Un momento, antes hay que establecer cuántos tontos son necesarios para hacer un público.
  Lo cual me recuerda una anécdota de Aristides Briand, que al ver un gran rebaño de ovejas exclamó:
  -¡Qué maravilloso electorado!
  Alguien decía a Chamfort que no había hecho más que una sola tontería en su vida.
  -¿Y cuándo terminará? -preguntó Chamfort.


Chateaubriand


  Chateaubriand opinaba que en el matrimonio era necesario que tanto el marido como la mujer hiciesen concesiones mutuas, y recordaba:
  -Mi mujer quiere cenar a las cinco de la tarde, yo a las siete, así que cenemos a las seis... y nos fastidiamos mutuamente.
  El mismo escritor afirmaba:
  -Soy borbónico por sentimientos de honor, monárquico por convicción razonada y republicano por temperamento.


La marquesa de
Châtelet.
  Gabriela Emilia Le Tonnelier de Breteuil, marquesa du Châtelet, fue durante muchos años la amiga íntima de Voltaire. Era mujer muy culta y de muy buenos sentimientos. Un día le entregaron un opúsculo en que se hablaba mal de ella, y no quiso leerlo.
  -Si el autor ha perdido su tiempo escribiendo tonterías -dijo- no quiero perder el mío leyéndolas.
Aristide Briand.
  Después supo que el autor había sido condenado a prisión por deudas; las pagó y no quiso que él se enterase de su buena acción.



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